jueves, 23 de octubre de 2008

«Obama aún no es presidente; la obsesión racial existe y hasta Hillary Clinton la usó»

Eduardo González Viaña, escritor peruano, presenta estos días en Asturias su última novela, «Vallejo en los infiernos»

Por: Oviedo, Eduardo SANJOSÉ
http://www.lne.es/

-¿Qué aporta su César Vallejo al que ya conocíamos, más bohemio y vanguardista?

-Lo poco que se conoció de su vida ha comenzado a ser desmontado por el paso del tiempo, a pesar de que Vallejo ha sido publicado en todos los idiomas. Este libro aborda la vida juvenil de Vallejo, su contacto con las utopías del siglo XX, sus amores, amistades, luchas y la infame prisión que sufriera en Trujillo en 1920. Todo el material es nuevo, como el expediente judicial que se muestra, una aberración jurídica plagada de trampas con el ánimo de hundir a Vallejo en una cárcel. Llegaron a pagar a un sicario para ultimarlo con un martillo en el calabozo. La novela aporta piezas del expediente en el que los testigos y hasta funcionarios judiciales juran que nunca estuvieron en el lugar de los sucesos por los que fue juzgado y que ni siquiera conocían a Vallejo.

-El Vallejo de la novela descubre el engaño de la corrección del lenguaje legal en la emboscada judicial que le preparan. Quizá va por ahí su tesis sobre la definitiva revelación poética de Vallejo

-Él era un súbdito de Rubén Darío. Había aspirado a ser un buen poeta modernista, pero la bestialidad de la prisión que sufre lo arranca del siglo XIX. A partir de aquí rompe con el verbo y el verso castellano y se convierte en insurrecto de la palabra; defiende una actitud de vida que apuesta por la justicia social. No olvidemos que estuvo en la España de la guerra civil como propagandista y que sus últimas palabras en su lecho de muerte fueron: «A España. Me voy para España».
-Vallejo llevó a cabo una de las grandes renovaciones expresivas de la literatura en castellano. ¿Qué tiene más fuerza en la remoción de las conciencias, sus obras más vanguardistas, como «Trilce», o las de compromiso más claro, como «España, aparta de mí este cáliz» o la novela «El tungsteno»?

-Ésa es una pregunta que el propio Vallejo se hacía. Quizás él mismo hubiera preferido ser entendido por su madre y sus hermanas antes que por los académicos universitarios. Pocos días antes de ser apresado, da una charla ante los alumnos de su colegio de la adolescencia y les dice: «La juventud debe atreverse a todo, incluso a un crimen». Es posiblemente lo que él hará con el lenguaje en «Trilce» y, también, lo que lo lleva a una desesperada denuncia en «El tungsteno», una novela realista sobre las minas de Quiruvilca. Allí han muerto millares de infelices; el servicio militar servía para empujar a jóvenes indios, una situación que hoy continúa. Por mi parte, esto lo narro en la novela de forma que el lector no se llame a engaño y advierta que el pasado no es pasado, sino algo asombrosamente actual.

-¿Cómo sería recibido hoy Vallejo en Perú?

-En el caso hipotético de que viniera, sería apresado en el aeropuerto y procesado de inmediato como terrorista. El proceso que por ese delito se abrió nunca se extinguió. Todo el tiempo que Vallejo vivió en París y Madrid encontró exhortos de extradición a través de las legaciones peruanas. Es falso decir que nunca quisiera volver a Perú. Es una frivolidad que deslizan algunos académicos.

-Hace unos días ha habido cambio de Gobierno en Perú por nuevos escándalos de corrupción. ¿Cómo dar la talla literaria ante esa realidad nacional?

-El cambio de Gobierno actual en mi país es una gran esperanza. Yehude Simon, el nuevo primer ministro, es una suerte de Mandela peruano. Bajo Fujimori padeció nueve años de cárcel acusado de apología del terrorismo. El Gobierno de Alan García estaba bastante desgastado, y creo una suerte que le haya llamado. Mi posición sobre la literatura no atañe sólo a este momento. No creo que la literatura vaya a cambiar el mundo, pero creo en una que defienda los principios de justicia sin los que la vida en sociedad es infame y exasperante.

-En unas semanas regresa a los Estados Unidos, a tiempo de conocer los resultados de las elecciones presidenciales. ¿Pesará el elemento racial en los votantes para que Obama no sea presidente?

-Obama todavía no es presidente. Ciertamente, el argumento racial pesa todavía y es posible que muchos votantes estén mintiendo cuando aseguran en las encuestas que eso ya no les importa. La obsesión racial está presente, incluso, entre los liberales políticamente correctos que se declaran antirracistas. Por ejemplo, la señora Clinton, cuando era precandidata, usó ese elemento. Cuando comenzó a perder frente a Obama, su campaña se dirigió hacia las zonas rurales donde viven los blancos pobres, ignorantes y racistas y les hizo sentir que era mejor votar por una mujer que por un negro. Hay otros elementos aún. Recordemos que las encuestas proyectaron una victoria para Kerry sobre Bush en 2004, y ése no fue el resultado final. La prédica ultraconservadora contra él en los púlpitos católicos hizo que los electores de ancestro hispánico votaran contra el aspirante demócrata, a pesar de que también era católico, y a favor del presidente, que no deja de hacer gala de su protestantismo. Aquello hizo la diferencia. De todas formas, hay que prepararse para vivir en un mundo diferente. No podemos permitir que nos expropien el optimismo.

-Como escritor hispano que vive en los Estados Unidos, ¿escribir en «spanglish» es una alternativa para considerar?, ¿hay que enseñar «spanglish» en las universidades?

-Muchos lo creen así porque la tentación de armar ese tipo de fenómenos a partir de híbridos y tratar de imponerlos no murió con el diseño de Frankenstein. Es normal que haya mixturas o intercambios entre dos idiomas cuyas poblaciones coexisten. Pero hay muchos de estos códigos lingüísticos en los Estados Unidos y no necesariamente coinciden. El «spanglish» que se escucha en la frontera de Texas no es el mismo que se habla en California ni el que pronuncian los puertorriqueños en Nueva York o los cubanos en Florida. Comencemos por esas separaciones y nos encontraremos con centenares. Muchos profesores «políticamente correctos» lo añaden a la lista de idiomas que hablan en su hoja de vida. Para ellos, el «spanglish» es una bandera de reivindicaciones, que yo sinceramente considero demagógica. Si queremos ser una fuerza política debemos hablar español. Dentro de cincuenta años, la población de ancestro hispánico será la mayoría en los Estados Unidos. Si para entonces vamos a gobernar ese país, el español es la respuesta.

-¿Qué opina usted sobre la inmigración, que es un tema persistente en «El corrido de Dante» y en sus artículos?

-La inmigración es uno de los múltiples rostros de la globalización. La velocidad de las comunicaciones ha originado este sistema en el que se impone como valor axiomático el libre flujo de los capitales. El Coronel Kentucky Fried Chicken, por ejemplo, puede poner una de sus tiendas de pollos en la bellísima Oviedo sin que a nadie le espanten las plumas en que llegan envueltos esos capitales. ¿Por qué no aceptar entonces que, así como el capital, la fuerza de trabajo puede pasar fronteras y ser bienvenida en los países a los que llega? Estados Unidos libra dos guerras absurdas. Aparte de la exterior, la interna es despiadada contra los inmigrantes hispanoamericanos. Ya es bueno que advierta que no tiene sentido luchar contra la globalización.

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