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El distrito pacasmayino de Jequetepeque, por su conjunción de pueblo, río y mar, es verdaderamente un bello rincón en el valle del mismo nombre. Su nombre proviene del vocablo Mesjepeque que en lengua muchik significa “Templo de adoración”.
La hermosa “Plazuela de la Identidad Jequetepecana” da la bienvenida al visitante. En ella se aprecia una réplica del caballo peruano de paso. Una doble fila de bancas de un antiguo algarrobo, conduce hacia “las paicas” que son unas inmensas vasijas de cerámica, una de ellas prehispánica, donde se almacenaba la chicha, que mas tarde se convertiría en el famoso “claro jequetepecano”.
En su plaza de armas, amplia y fresca, ocho palmeras destacan por su altura. Entre ellas se ha construido una alegoría representado a una chichera portando su paica, un agricultor y un pescador. Al frente se mantiene la hermosa, señorial y antigua iglesia donde se venera a la Santísima Virgen de la Misericordia y también a San José Patriarca.
Jeque, como cariñosamente lo llaman, es un pueblo de características muy singulares. Una de ellas son sus casas de quincha y barro, cuyas paredes siguen las sinuosidades de los algarrobos que le sirven de columnas. Estos son amarrados con coyuntas elaboradas con cuero de vaca, evitando el uso de clavos. En su interior se puede gozar de la frescura de sus ambientes pues para amortiguar el calor y el asolamiento se utiliza la tierra aprisionada para los pisos, mientras que en los techos, también de barro, las ventanas teatinas permiten el ingreso del aire fresco. Las puertas de algarrobo no usan bisagras de metal pues una prolongación en sus extremos les permite encajar en el marco, permitiendo que esta gire. Estas casas son herederas de las antiguas construcciones mochicas.
La riqueza gastronómica del distrito merece especial mención. Tiene en el “picante de cuy” uno de sus platos más emblemáticos. También lo es el espesadito de choclo, la causa negra y el delicioso “charqui” que se prepara de la tapa de res dejada secar para luego asarla en brasas y servirlo en hilachas. Estos manjares se asientan con el “claro jequetepecano”, licor de gran calidad que se obtiene de la fermentación de la chicha de jora, eliminando sus sedimentos durante mas de un año de maceración; luego de ese lapso de tiempo se obtiene un licor con cero turbidez, de allí su nombre de “claro”.
No puedo dejar de mencionar su rico e interesante pasado pues la historia nos indica que entre 100 aC. y 300 dC. se asentaron en el lugar los antiguos mochicas. Aquí construyeron un adoratorio a la Luna, al que llamaron Si-An, hoy mas conocido como Huaca Dos Cabezas. El interés de este sitio arqueológico reside en el descubrimiento de un conjunto de cámaras funerarias en donde destaca la tumba de un personaje que fue sepultado junto a animales sacrificados, utensilios y ceramios de extraordinarios acabados con imágenes de cabezas de felinos, cóndores, lobos, etc.
Otro centro arqueológico relevante es Cerro La Mina, ubicado al margen sur del río en donde se ubicó un entierro parcialmente saqueado. Se trataba de un personaje de significativa importancia social asociado a finas vasijas del estilo Moche I encontrándose también objetos de oro de valor incalculable.
Al final del día no pude dejar de felicitarme de haber regresado y recorrido un sencillo pueblo del norte del Perú que tiene mucho que ofrecernos de su riqueza cultural y turística, felizmente aun muy pura y descontaminada.

El distrito pacasmayino de Jequetepeque, por su conjunción de pueblo, río y mar, es verdaderamente un bello rincón en el valle del mismo nombre. Su nombre proviene del vocablo Mesjepeque que en lengua muchik significa “Templo de adoración”.
La hermosa “Plazuela de la Identidad Jequetepecana” da la bienvenida al visitante. En ella se aprecia una réplica del caballo peruano de paso. Una doble fila de bancas de un antiguo algarrobo, conduce hacia “las paicas” que son unas inmensas vasijas de cerámica, una de ellas prehispánica, donde se almacenaba la chicha, que mas tarde se convertiría en el famoso “claro jequetepecano”.
En su plaza de armas, amplia y fresca, ocho palmeras destacan por su altura. Entre ellas se ha construido una alegoría representado a una chichera portando su paica, un agricultor y un pescador. Al frente se mantiene la hermosa, señorial y antigua iglesia donde se venera a la Santísima Virgen de la Misericordia y también a San José Patriarca.
Jeque, como cariñosamente lo llaman, es un pueblo de características muy singulares. Una de ellas son sus casas de quincha y barro, cuyas paredes siguen las sinuosidades de los algarrobos que le sirven de columnas. Estos son amarrados con coyuntas elaboradas con cuero de vaca, evitando el uso de clavos. En su interior se puede gozar de la frescura de sus ambientes pues para amortiguar el calor y el asolamiento se utiliza la tierra aprisionada para los pisos, mientras que en los techos, también de barro, las ventanas teatinas permiten el ingreso del aire fresco. Las puertas de algarrobo no usan bisagras de metal pues una prolongación en sus extremos les permite encajar en el marco, permitiendo que esta gire. Estas casas son herederas de las antiguas construcciones mochicas.
La riqueza gastronómica del distrito merece especial mención. Tiene en el “picante de cuy” uno de sus platos más emblemáticos. También lo es el espesadito de choclo, la causa negra y el delicioso “charqui” que se prepara de la tapa de res dejada secar para luego asarla en brasas y servirlo en hilachas. Estos manjares se asientan con el “claro jequetepecano”, licor de gran calidad que se obtiene de la fermentación de la chicha de jora, eliminando sus sedimentos durante mas de un año de maceración; luego de ese lapso de tiempo se obtiene un licor con cero turbidez, de allí su nombre de “claro”.No puedo dejar de mencionar su rico e interesante pasado pues la historia nos indica que entre 100 aC. y 300 dC. se asentaron en el lugar los antiguos mochicas. Aquí construyeron un adoratorio a la Luna, al que llamaron Si-An, hoy mas conocido como Huaca Dos Cabezas. El interés de este sitio arqueológico reside en el descubrimiento de un conjunto de cámaras funerarias en donde destaca la tumba de un personaje que fue sepultado junto a animales sacrificados, utensilios y ceramios de extraordinarios acabados con imágenes de cabezas de felinos, cóndores, lobos, etc.
Otro centro arqueológico relevante es Cerro La Mina, ubicado al margen sur del río en donde se ubicó un entierro parcialmente saqueado. Se trataba de un personaje de significativa importancia social asociado a finas vasijas del estilo Moche I encontrándose también objetos de oro de valor incalculable.
Al final del día no pude dejar de felicitarme de haber regresado y recorrido un sencillo pueblo del norte del Perú que tiene mucho que ofrecernos de su riqueza cultural y turística, felizmente aun muy pura y descontaminada.

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