
Por: Luis Enrique Plasencia
Profesor contumacino
Hay pocos libros que, de arranque, lo dejan a uno estupefacto y maravillado. Hay pocos libros a los que uno acoge como nuevos mejores amigos y hay pocos libros que se meten tanto en uno que no queda sino expresar con cierta envidia bienhechora: ¿Cómo no se me ocurrió eso antes?
¡Poesía eres tú! es uno de los versos más entrañables del romántico Bécquer. ¡Poesía eres tú! expresa con definido entusiasmo nuestro amigable Beto, ante la majestuosidad de lo que para nosotros fue, un simple cerrito. Y es que, a través de una maestría sin par, de una inigualable forma de crear y de una vena poética genial, Bethoven Medina nos presenta, la belleza y la maravillosa realidad de la que siempre hemos hablado pero a la que no hemos mirado en esencia.
En la IV Feria del Libro de Trujillo, donde la literatura de esta parte del mundo estuvo relegada a un segundo o tercer plano, Beto se dio el lujo de llenar un auditorio y de embelesar al público con un par de poemas de una de sus últimas producciones: El arriero y la montaña bajo el alba. Pero lo que quiero compartir aquí es, ahora, el mejor libro que he leído de Bethoven Medina: Cerrito al amanecer.
De arranque, estos versos me han dejado extasiado, fascinado,: La luz/ se extendió en el universo.// Y el día y la noche/ iniciaron su eterna ronda.// Y el cerro/ que nació del temblor de la tierra,/ no encontró explicación,/ y se durmió.
Un mito sin parangones y una descripción extraordinaria de esos elementos de la naturaleza de los que hablamos todos los días y que nos parecen tan simples y vanos que muchas veces no nos damos cuenta de su presencia verdadera.
Nuestros antepasados consideraron a los cerros como deidades y las respetaron como tales. Los Apus gozaban de un sitial muy bien merecido en el inconsciente colectivo y cada uno de ellos tenía su propia personalidad y esencia. Los cerritos de Beto son vistos desde esa perspectiva pero para llevarlos, de la mano de la poesía hasta la humanidad más plena y la conciencia más pura, y los inserta definitivamente en el centro del amor que debemos sentir por nuestra madre naturaleza.
Desde allí, desde el mito mismo, cada verso de Cerrito al amanecer nos transporta indistintamente por la historia y la geografía; por la ternura, la inocencia y la esperanza; por costa, sierra y selva; presente pasado y futuro. El cerrito ya no es más al apu, pero es una especie de hermano mayor, amado, respetado y, a veces, temido.
Y como para redondear la faena, el poeta nos endilga el calificativo preciso: Niños. Y se desata la vida cuando nos dice: Niños… /// (el cerrito) Es la energía interna/ del globo terrestre/ que intentó escapar / y quedó en alto relieve. O cuando nos anima diciendo: Niño:…///En la costa, en la sierra y en la selva,/el cerro se muestra/de diferentes formas,/y con sus vestidos naturales/ define la dimensión de la fe. Y más aun cuando expresa, casi desde el cielo: Niños,/ un cerro/ es un cerro,/ no lomo de animal, ni torpe gesto de piedra.// Por él debemos ascender, por más curvos que sean sus caminos/, siempre nos guían a la cúspide.
En la óptica bethoviana un cerro es como amor ineludible enseñando el ascenso; el enamorado de las aguas frente al mar o aquel que se une a otro formando nudos en la cordillera, porque se aman o los seres que se extienden en praderas con fecundos surcos en sus lomos y para llevar a su máxima expresión la poesía, un cerro ¡Es pariente de nuestro corazón!
En suma, sólo pienso dos cosas: o soy un lector demasiado inocentón, o Beto ha hecho de la sencillez la mejor aliada de su extraordinaria poesía.
Conste que escribo estas líneas como un simple lector. Aunque nunca voy a ocultar mi simpatía, cariño y alegría por este poeta de la vida. Y me regocijo de no fungir de crítico. Y me felicito de haber leído este libro.
Pero queda una tarea pendiente: llevarlo hasta las aulas y los corazones de los niños, los jóvenes y todos. Una joya así no tiene que estar en un estante: debe internarse en el ser humano mismo para que, desde allí podamos ser cerritos todos y abrazarnos en los andes y amarnos en cada una de nuestras quebradas y nuestras cimas dolorosas. Y alegrarnos en nuestra verde esperanza o en nuestra fe de cordillera.
Resumo: Necesario silencio para que las hojas conversen es el mejor libro que Bethoven Medina ha escrito. Y Cerrito al amanecer es el mejor libro que, como un niño, he leído.
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