Por: Lucrecia Vidal Ariashttp://pe.eltayabamba.com/
(El tayabamba).- Pero entre los ilustres hombres que llegaron a la región, destaca la visita del sabio italiano don Antonio Raymondi, quien arribó a la provincia allá por los años 1880, y que en su obra “Perú” comentara: “Recorrí la `provincia de extremo a extremo, desde la parte norte donde ostenta su canosa sien el nevado de Cajamarquilla, hasta el pueblo de Huancaspata que cierra la roca provincia de Pataz por el sur. Habiendo pasado por los pueblos de Parcoy, Buldibuyo y Tayabamba, construidos sobre un terreno aurífero, donde basta un fuerte aguacero que lave la tierra parea descubrir partículas de oro en la misma población”. Raimondi se internó a la selva acompañado del último minero que trabajó en las minas de la Caldera, coloso que se alza a diez kilómetros de Tayabamba hacia el sudeste de la provincia, cuyas cumbres, cual dos orejas de lobo coronadas a veces de nieve, nos indican el acceso a la selva; ete minero, que acompañó al sabio, fue don Ramón de Beleván (8) quien trabajó las minas de plata de la Caldera un poco antes de la guerra con Chile.
Y ya posteriormente, en épocas más recientes, vemos como en la provincia se produce la era de las grandes empresas. Más o menos por el año de 1920, se van instalando enormes complejos mineros para la explotación a gran escala de los minerales de la región, empresas como la Nortehen Perú Mining Smelting Company en el distrito de Pataz, el Sindicato Minero de Parcoy en el distrito de su nombre, la Aurífera Buldibuyo en Buldibuyo y la Compañía Minera y Petrolco del Ministerio del Fomento (9) durante los años 1939 y 1940, datos que a pesar de estar incompletos nos darán un indicio de la riqueza que existía en la provincia.
Aparte de la producción de oro se consignaba la de la plata, ala que las compañías no le daban mayor importancia.
Anteriormente a este apogeo de la explotación del oro, la vida del minero nativo transcurría en un ambiente de paz. Apenas si se vieron caso aislados de enfermedades provenientes de la actividad minera durante el tiempo que trabajaron en la forma primitiva que heredaron de sus antepasados. En cambio a este estado de cosas, el progreso y modernismo que transportaron las grandes compañías llevó, paralelo al intercambio comercial, aspectos negativos y funestos.
Es verdad que fue una era de dinamismo, donde corrió el dinero a manos llenas y en la que la provincia fue un emporio de riqueza, de la que salieron principalmente beneficiados, aparte de las grandes compañías mineras, los mercaderes y comerciantes y los arrieros y contratistas. Se abrieron grandes establecimientos comerciales, en donde se vendía desde una aguja hasta el casimir más fino importado desde Inglaterra o las más bellas sedas naturales traídas desde la China, y también proliferaron los restaurantes, bares y sitios de diversión. Los arrieros y contratistas, unos con sus recuas de mulas y otros con los contratos que consiguieron, obtuvieron asimismo pingues ganancias.
Pero también es verdad que el minero nativo pagó alto tributo por esta era de auge, ya que la muerte cobró gran número de vidas de mineros “carcomidos por el antimonio” como ellos llamaban al mal de la mina, enfermedad que no era otra cosa que la neumoconiosis o la silicosis. Así la explotación del minero se hizo presente por aquel tiempo. Violando todas las leyes de seguridad laboral ya promulgadas por entonces y por las cuales lucharon Matías Mansanilla y otros, la minería originó una extinción masiva de la juventud.
Tenemos, por ejemplo, la explotación por parte de una de las compañías que laboraban en el distrito de Pataz, de un asentamiento minero formado de un batolito de roca diorítica cuyas vetas son de cuarzo, elemento de gran dureza. El trabajo, que requería la perforación de los yacimientos, se hacía con máquinas neumáticas que operaban con aire comprimido, sin tomarse las medidas necesarias para salvaguardar a los trabajadores del polvo que dicha perforación originaba y que los trabajadores absorbían, sintiendo en un periodo de 5 a 6 meses los síntomas de la mencionada enfermedad, causada por la acumulación progresiva de de sustancias minerales que bloquea las vías respiratorias pulmonares y cuyos efectos se manifiestan mediante una extrema debilidad y dificultad para respirar, la que causaba en el minero el desarrollo de un excesivo esfuerzo para realizar cualquier actividad, síntomas que él en su ingenuidad atribuía al “susto” (10), retirándose a su comarca donde irremediablemente moría sin ninguna asistencia médica. Este estado de cosas duró más de tres lustros, hasta que se instaló un nuevo sistema que incluía, como elemento de perforación al agua, la que además de prolongar la duración de la máquina perforadora disminuía notablemente el polvo y consecuentemente los casos de neomoconiosis, aunque no los eliminaba.
Agregaremos a estas condiciones de trabajo, que los salarios eran sumamente bajos, los que condenaban al hombre a llevar una existencia miserable, con una alimentación deficiente para el esfuerzo físico que debía realizar y que los campamentos mineros eran verdaderos hacinamientos humanos, dándose el caso de que una vivienda conformada por un mísero cuartucho y una cocina era a veces compartida hasta por tres matrimonios de recién casados.
Por aquel mismo tiempo y en un acto de incalificable abuso, fueron destruidos por explosión de dinamita y por encargo del Superintendente de una de las compañías que laboraban en la región, los molinetes de piedra de propiedad de los mineros de esta basta zona aurífera, con el exclusivo propósito de monopolizar la mano de obra barata que muchas veces se distraía en las moliendas particulares. Este atropello jamás tuvo sanción.
Haciendo cálculos aproximados sobre la cantidad de oro que se extrajo de la provincia, veremos que por aquel tiempo fueron muchas las toneladas que ella produjo, llegando a los años de 1942 y 1943 a ocupar el segundo lugar en la producción de oro de la república.
Y finalmente, agotaron la riqueza minera que justificaba la presencia de las grandes empresas en el lugar, Pataz no pudo ser excepción de la regla y como toda zona de producción extractiva fue perdiendo poco a poco su apogeo, hasta que las compañías fueron cerrando sus concesiones y retirándose del lugar, dejando a su paso desolación, miseria y pueblos fantasmas tales como la Paccha, Retamas, Ranapampa, Pataz y Ariabamba.
Es entonces cuando el minero de la región vuelve a reconstruir sus molinetes y sus instalaciones mineras. Nos cuenta el activo y multifacético periodista trujillano señor Gustavo Álvarez, que actualmente siguen sacando gramo a gramo, d esa generosa tierra, el oro que las grandes compañías mineras no tuvieron el interés en explotar por su baja ley, trajín aurífero que como tradición dejarán a sus descendientes. El señor Álvarez nos relata que el mineral, que en sus molinetes trituran, es de los estribos (11) de las minas abandonadas, volviendo en esa forma a trabajar a tajo abierto como lo hicieron los antiguos peruanos.
Hecho este breve ensayo monográfico sobre la minería en Pataz, nos queda un interrogante: ¿dónde se encuentra el oro que desde hace más de dos mil años se viene extrayendo de esa tierra, como agua que brota de u manantial inagotable?
Posiblemente, en España el que se dio por el rescate del último inca del Perú y el que se llevaron muchos aventureros como Santistevan. Desparramado por todo el viejo mundo, donde en su debida oportunidad contribuyó a la revolución económica que se produjo en Europa al finalizar la Edad Media, carente por aquel tiempo de metales preciosos y numerario metálico. Pons Muzzo en su obra “Historia de la Cultura Peruana” dice: “Las inmensas riquezas que los españoles encontraron en América fueron incorporadas en su mayor parte al patrimonio económico de la cultura occidental. Los tesoros llevados a España de los imperios indígenas del Perú y México pronto se desparramaron por Europa, sobrepasando las necesidades de entonces, y produjeron al poco tiempo una revolución en la economía europea de los tiempos modernos. Calcúlase que las cuatro quintas partes del oro y plata circulante desde el siglo XVI provienen de América” (12). Es justo y razonable suponer que parte del oro, que del Perú se llevó a España, provenía de ese pedazo del Ande que se llama Pataz.
También es posible que el oro de Pataz haya formado parte del botín llevado a Inglaterra en el velero “Golden Hind”, a consecuencia del atraco más famoso de a historia realizado por el pirata Drake, botín que según el economista inglés John Maynard Keynes debe ser considerado como el origen de las inversiones extranjeras de Inglaterra. El mencionado economista inglés sostiene en su interesante teoría, que el Perú aportó el oro para la creación del Imperio Británico (13). Son granos de oro de Pataz que aún brillan en la vieja Inglaterra convertidos en alhajas reales después de haber sido capturadas por piratas y corsarios.
En cuanto al oro que posteriormente rindió Pataz en la época republicana, posiblemente sirve de respaldo económico a los países altamente desarrollados y ricos de nuestro planeta.
Dicho esto, que pretende ser una diagnosis de la explotación de una rica región minera y de sus hombres, y una requisitoria contra aquellos que lo practicaron y la permitieron, debemos rendir homenaje a la terca fe del anónimo minero patacino, que anticipando el juicio de la posteridad observó estupefacto y paciente el paso de las hordas destructoras de un maquinismo inadecuado y volvió como el Ave fénix a reconstruir sus molinetes y sus instalaciones mineras poniéndolas nuevamente en marcha.
Que en adelante la historia no se repita. Que no aparezcan conquistadores ni aventureros, piratas ni corsarios. Y así como de esta tierra salió el oro para el rescate del último Inca del Imperio, que la riqueza que aún queda por extraer, cual ilusoria indemnización de una breve florescencia, rescate el bienestar y la felicidad para sus hijos y para quienes la produzcan.
0 comentarios:
Publicar un comentario