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Diego, Cesar, Jonathan y Nils son de aquellos alumnos viajeros a quienes yo califico como “guerreros”. Los dos primeros son trujillanos y los otros de Piura. Ellos me acompañaron en mi aventura de cruzar “Las Escalerillas” del Cápac Ñan o Gran Camino Inca; un trecho que para muchos es “la cúspide más alta y espectacular de la ruta entre Quito y Cuzco”. Este tramo está en los Andes liberteños, uniendo las provincias de Sánchez Carrión y Santiago de Chuco.
Para ello, viajamos hasta Huamachuco, ciudad ubicada a 3.619 metros de altitud. De allí subimos a la laguna de Cushuro, (3.989 m.s.n.m.) a las faldas del majestuoso pico Huaylillas (4.970 m.s.n.m.), el más alto del nororiente peruano. Era la segunda vez que yo me enfrentaba a tan difícil reto, por eso sabía que nos esperaba tres fuertes ascensos para vencer igual numero de abras o portachuelos que son desfiladeros del camino, entre picos agudos y escarpados.
Desde la laguna, a una temperatura de 5 grados, a las 9.30 am. empezamos el ascenso al primer portachuelo discurriendo por una senda casi imperceptible. Unas piedras señalan los bordes del camino inca. El ascenso nos llevó una hora aproximadamente. Desde los 4.336 metros de altitud, se divisa la extraordinaria huella del Cápac Ñan aferrándose a la ladera del Huaylillas.
Luego empieza un descenso escarpado que se dificultaba más por la humedad del suelo y la persistente llovizna. A las 11.30 am. en un lugar algo abrigado descansamos un corto tiempo pues el peso de las mochilas era nuestro principal sacrificio. Nos esperaba una nueva ascensión hacia la segunda abra. En el ascenso encontramos los primeros escalones de piedra. Una amenaza de lluvia casi nos obliga a acampar en tan difícil lugar. Las paredes del Huaylillas presentaban bolsones de granizo.
A la una de la tarde coronamos el segundo portachuelo ubicado a 4.470 metros; el frío y los vientos seguían siendo un gran obstáculo. Desde este lugar la vista del Cápac Ñan dirigiéndose al tercer portachuelo por las laderas de la montaña es maravillosa. Se nota su trazo firme hacia la ultima abra, a la que trepa por un gran número de escalones en una pendiente muy empinada, la mas fuerte de todas. En este tramo apreciamos mejor los muros de contención con los que el camino se adapta al escarpado relieve.
A las 1.45 pm. hicimos un alto para descansar y evaluar la posibilidad de continuar o nó ese mismo día, dado que la pendiente que nos esperaba representaba un gran esfuerzo. Optamos por continuar. Definitivamente este es el tramo más exigente a nivel físic
Desde este último portachuelo, a una altura de 4.412 metros, iniciamos el descenso por numerosas escalinatas de piedra cubiertas de ichu, pero bastante perceptibles y conservadas. A las 3.30 pm. habíamos concluido el descenso y el reto de cruzar “Las Escalerillas”. Después de seis horas caminando sobre los 4.000 metros de altitud y superando muchas veces esa altura para vencer los tres portachuelos, el agotamiento, dolor muscular y el soroche se hicieron presentes en el grupo.
Ahora nos esperaba seguir el trazo del Cápac Ñan a través de la puna. En esas difíciles circunstancias apareció un “ángel guardián”: Juan Peña Ríos, un campesino que venía de Huamachuco siguiendo la misma ruta que nosotros acompañado de su yegua y una mula hacia su casa en Ingaco
rral caserío que, según él, quedaba “aquisito nomás”. Nos recomendó que no acampásemos en la puna por que la hipotermia sería fatal para nosotros; nos facilitó su mula para cargar lo que menos afecto le teníamos: nuestras mochilas.Con Juan como guía, a las 4.30 pm. empezamos la dura y fría travesía por la puna. El Cápac Ñan sigue hacia el sur flanqueado por dos filas de piedras levantadas, formando una huella fácil de seguir. Atraviesa una porción de agua por el medio, elevándose sobre un ancho terraplén a 9 a 10 mts., el agua pasa por debajo del camino gracias a una canaleta.
Las siguientes horas fueron muy sacrificadas. Ya no caminábamos juntos; lo hacíamos separados uno de otro. La soledad, el intenso frío que calaba nuestros huesos y los fuertes vientos que nos rajaban los labios, hacían que valoremos más nuestro sacrificio. A la vez, admirábamos la capacidad incaica para construir un camino de esa magnitud en circunstancias tan adversas. Debo confesar que, íntimamente, nos molestaba comprobar que Ingacorral no quedase “aquisito nomás”. En la oscuridad nocturna, entre tropezones pese a la ayuda de nuestras linternas a las 8.30 pm por fin llegamos a la casa de Juan, “mas muertos que vivos”, pero felices (si cabe el término).
Luego del café de cebada y sin ánimo por cenar, antes de las nueve d
Desde Ingacorral, hubo que decidir entre tres rutas: Mollebamba distante diez horas, Tulpo a ocho horas o Angasmarca a nueve horas; escogimos la última opción pues desde ese distrito había mayor seguridad de conseguir una movilidad para Trujillo, ciudad desde donde escribo estas líneas de un viaje verdaderamente inolvidable, como muchos que Dios me ha permitido realizar por el Perú profundo.
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