sábado, 21 de noviembre de 2009

Aypate, Ciudadela Inca en las alturas

Por: Iván la Riva Vegazzo
http://ivanlariva.blogspot.com/

Habiendo visitado el enigmático bosque de Cuyas en la provincia piurana de Ayabaca, quedó en mí el interés por conocer los restos de la ciudad de piedra construida por los incas después de conquistar la región, aquella que se halla sobre el cerro Aypate, de allí su nombre.

Acompañado de un entusiasta grupo de alumnos partimos, a las cinco y media de la madrugada, desde Ayabaca. Nos esperaba un tortuoso camino de tres horas. Cruzando pequeños y “dulces” pueblos donde preparan los famosos “bocadillos”, que son unas chancacas cuadradas con maní muy agradables, llegamos a Yanchalá a desayunar. Disfruté de una presa de chancho y huevo frito sobre mote, acompañado por café hervido. Para mi gusto, el pan fue el gran ausente.

Una hora más de camino por una trocha muy empinada nos condujo a un extenso terraplén, al pie del cerro Aypate, hasta donde llegaron las dos camionetas. El cerro en mención, que se levanta a 2.916 metros sobre el nivel del mar, está rodeado por una vegetación tropical muy típica. Una empinada cuesta, entre un terreno arbustivo, no llevaría a nuestro destino. El esfuerzo valió la pena, en la cima, frente a nosotros se presentaba el ingreso a una autentica ciudadela inca, con una portada de doble jamba construida con piedras al más puro estilo del Cusco Imperial. Siento que los piuranos no han tomado aún conciencia de la importancia de los restos de Aypate; pues, si bien es cierto no pueden ser comparadas con Macchu Picchu, sin embargo tienen gran similitud por sus piedras y por estar levantada en una elevada montaña entre la espesa floresta.

Antes de la llegada de los incas, la zona estuvo habitada por el grupo étnico de los ayahuacas, que junto con los de Calúa y Caxas, formaron la Confederación de los Guayacundos. A los antiguos ayahuacas, cuyo nombre alude a “tierra de muerte” se les recuerda por su espíritu beligerante, renuente a aceptar la autoridad de un jefe supremo. Para contener el avance de invasores en sus territorios se confederaban temporalmente y lo hicieron con éxito frente a la amenaza de los huancabambas y los bracamoros, pero no pudieron ofrecer suficiente resistencia al poderoso ejército inca. Fueron sometidos por el Inca Túpac Yupanqui tras una dura batalla, que incluyó el exterminio de los pueblos del valle del Alto Piura. El sitio de Aypate, fue construido por orden de Túpac Yupanqui muy cerca del gran Cápac Ñan o gran Camino Inca.

Luego de inscribirnos en el libro de don Máximo Alberca, su celoso guardián, pasamos a recorrer el monumento. Primero la gran plaza ceremonial y por unas gradas, pasando la gran portada, ingresamos a los llamados Complejos A y B. Llama la atención, en el segundo, un gran cuarto cuyas paredes están constituidas por grandes bloques de granito muy bien labrados y colocados con mucha precisión y exactitud. También es importante visitar, a la izquierda del monumento principal, una pirámide de base rectangular de tres plataformas, conocida como el “ushno” o altar a La Luna. Sin lugar a dudas, Aypate es el monumento antiguo más importante que tiene el departamento de Piura, pero hay que convertirlo en producto turístico.

Impresionados por la calidad turística del monumento, pero apenados por la dificultad para llegar a el y disfrutarlo sin mucho sacrificio, emprendimos el retorno. Aprovechando el tiempo, visitamos la cascada del Molino, donde pudimos refrescarnos del intenso calor. Nuevamente en Yanchalá, no sólo nos esperaba un delicioso almuerzo a base de sopa de trigo y gallina de corral guisada, sino el espectáculo de los jardines floridos con bellas orquídeas, en especial las “catleyas máxima”, que llaman la atención por su intenso color lila. Desde el camino de regreso y a la distancia, permanentemente veíamos a Ayabaca, ciudad construida sobre los 2 715 metros sobre el nivel del mar en las faldas del cerro El Calvario como en un balcón; comprendiendo el por qué de sus noches frías, más bien gélidas.

Al final de la jornada emprendimos la vuelta a la cálida Piura. Seis horas de viaje separaban el frío del calor, la naturaleza del urbanismo, la tranquilidad del bullicio, lo irreal de lo real. Pasando por Paimas almorzamos una increíble sopa de carne de res que no encuentro ya en Trujillo y un estofado también de res acompañado con frejoles y yucas. Excelente.

Mas adelante, la piedra wanka de Culqui, cual oráculo antiguo, pronosticaba un buen retorno para mis alumnos que se portaron como auténticos viajeros.

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