miércoles, 17 de febrero de 2010

Vallejo y Orrego, la palabra perdida

La Universidad Privada Antenor Orrego de Trujillo me ha invitado a dar una conferencia al inicio de su año académico en marzo. Con ese motivo, voy a reproducir algunos textos de mi novela “Vallejo en los infiernos” que narran la relación entre el filósofo y el poeta

Por: Eduardo González Viaña

Salió de la universidad y cruzó la Plaza de Armas en diagonal hasta llegar a la esquina del Bar Americano. Desde allí regresó hasta la pila y, por fin, se dirigió hacia la catedral. Por allí se encaminaría hacia la casa de Macedonio de la Torre.
Flaqueó César a ratos y parecía a punto de desfallecer, pero no podía detenerse. De ninguna forma lo haría frente a compañeros que confiaban en él y esperaban verlo producir una poesía más alta que la de Rubén Darío. La noche siguiente a un desdichado evento de su vida, tenía una reunión de lectura a la que no podía faltar, y fue.
Les leyó “Para el alma imposible de mi amada” y “El tálamo eterno”. Quiso hacerlo con una voz desprovista de emociones, y lo logró. Nunca lo habían visto más frío ni más sereno.
Sin embargo, al final, varios estaban lagrimeando, y no sabían por qué.
-No sé qué me pasó- trató de explicar después Alcides Spelucín- O más bien no sé qué nos pasó. No sabíamos lo que le había ocurrido a César. Creo que fue su poesía. Nos dejó en un estado tal de recogimiento y de mutismo que la articulación de una palabra admirativa habría sonado a una profanación.
Antenor Orrego, sin embargo, no estaba del todo contento. Quería que Vallejo avanzara mucho más. Que se fuera más allá de la influencia modernista de Herrera y Reissig.
-No quiero cortarte, hermano, los ímpetus de la creación, pero acepto estos poemas como ejercicios. Todos esperamos más, mucho más de ti.
-Lo sé, Antenor, hermano. Todo lo acepto de ti.
-Hay que hacer como César- añadió ante el grupo.- Para romper la ley y quebrar las reglas y normas tradicionales, es preciso antes someterse a ellas, dominarlas con habilidad y verdadera maestría y rigor técnicos.
Vallejo se había sentado y miraba al suelo.
-Quiero decir algo más. Lo que yo llamo ejercicios son poemas extraordinarios. Quizás ya pertenecen a un libro. Pero ese libro debe preceder a otro en el que César rompa por completo con la poesía del pasado.
-¿Qué valor tiene para ti la expresión poética?- preguntó Vallejo saliendo de su mutismo.
Orrego lo pensó bien antes de contestar. Sus amigos lo acusaban de dar discursos en vez de conversar. Al final lo hizo así. A su manera.
-La función del poeta y del artista en general es, sobre todo, una función expresiva, y su único instrumento para realizarla es la forma.-dijo y añadió:
-Todos los hombres- o por lo menos muchos de ellos –pueden tener la intuición o la emoción poética, pero sólo el poeta es capaz de trasmitirla. Allí donde los demás callan, el poeta habla, tiene el poder misterioso de hablar y de hablar con belleza. Este poder de hablar es poder de crear formas porque sin ellas nada puede expresarse.
Vallejo miró entonces hacia el techo.
-Cuando era niño- dijo- le prometí a mi maestro que inventaría palabras. Creo que me he pasado toda esta parte de mi vida buscando la palabra perdida. Ahora lo entiendo todo, sólo soy un buscador de la palabra perdida.

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