martes, 7 de febrero de 2012

EL ORGULLO DE SER CAJACHO

Por: Luis Enrique Plasencia

En el mes de setiembre del año 2004, en una jornada que será una muy buena muestra en el calendario de la dignidad, los campesinos de Cajamarca hicieron retroceder el afán de los ricos de siempre por destruir Cerro Quilish, en nombre del desarrollo y el progreso.
Siete años después, la misma minera que minimizó hasta la estupidez el derrame de Mercurio en Choropampa, a pesar de sus dantescas consecuencias, la misma que a través ha destruido Yanacocha y cuyo propietario ha dado recientemente un anticipo de herencia ascendente a varios cientos de millones de dólares a sus hijos, esa misma empresa ha empezado a apoderarse de lagunas, cerros, ríos, conciencias y vergüenzas.
Felizmente, hay algo de lo que jamás podrá apoderarse, aunque implante la muerte, la destrucción y la esclavitud: la vida.
El viernes fue uno de esos días mágicos en los que la piel no se cansaba de crisparse y el corazón latía con la inusitada fuerza de la tierra, mimetizada en los llanques, los sombreros, o el sudor de los cientos de campesinos que marchan, gloriosamente, hasta la ciudad de Lima para enrostrarle al presidente que nos traicionó su promesa de hacer valer el agua para todos por encima del oro para cuatro ricos.
Pocas veces en mi vida he dejado que las lágrimas tengan vida propia. Sentí que derrotándome, éstas me hacían uno de los grandes triunfadores: al ver y sentir la respiración, la esperanza, los chacchares y el pecho firme ante el miedo de personas humildes y anhelantes de justicia que dejaron en aquellas tierras ya ensangrentadas la promesa de volver para seguir viviendo, sentí que mis raíces siguen estando muy plantadas entre la esencia de Kuan y Tantarica y que, al igual que las lagunas que corren el riesgo de no volver a reflejar el azul del cielo o el agua de la vida, mi sangre se conecta, de algún modo inexplicable, con estos nuevos héroes que vienen desde mucho más allá del Perú que la mayoría conoce sólo en los mapas o en la inefable pantalla de un televisor.
Cuando hace unos meses, en el inicio de esta gesta, en una reunión familiar en Cascas, varios parientes tildaban de sonsos a los contumacinos por haberse sumado a la protesta contra el proyecto Conga, y por tanto estaban sufriendo el estado de sitio, me salió todo lo cajacho que llevo dentro y no en pocas palabras los apabullé con una verdad irrefutable: la comida que están comiendo ahora, toda, viene de Chapolán, Contumazá. ¡Nosotros, los contumacinos, estamos peleando para que ustedes tengan qué tragar!, alegué y no faltó alguien que dijera: ¡Y ustedes los casquinos también son sonsos, pero de otra laya! Obviamente, no creo que mi padre vuelva a invitarme a otro de sus cumpleaños.
Uno de esos personajes que celebran el éxito de las mineras, increpó a algunos hermanos que cuidaban su movilidad en el Jr. San Martín “Serranos de mierda, regrésense a su cerro”. Cuando salí a ver quién era, no hacía falta ningún estudio de adn para saber que se trataba de un típico migrante que probablemente tenga algún empleo que le permite tener una familia, tomarse unas cervezas el fin de semana y, cuando se puede, ir de paseo al Mirador o a la playa.

Y es que la Gran Marcha por el Agua, no se enfrenta sólo a un gobierno de alquiler. Se enfrenta fundamentalmente a la indiferencia y al espejismo del progreso. Y eso será el mayor escollo. Como cajamarquino, me siento orgulloso de mi pueblo, de mi gente y de mis pies que han caminado por encima del oro y que se han mojado con el agua bendita de las lluvias de estos meses que, incluso, se dignó acompañar en la gran ciudad a aquellos que la defienden, porque seguramente sabe que la lluvia no sirve de nada si no germina una semilla o apaga una sed. Y también sabe que eso es preferible a ser corrompida por las mineras –como la hace con las conciencias- y llevar en su esencia la molécula asesina del cianuro.
En Cajamarca ya no habrá una segunda vez para los ladrones de oro. Medio milenio nos ha hecho hombres. Los que marchan a Lima, para salvar el agua, son la mayor prueba de nuestro desarrollo.
¡Adelante, con la paz matemos a la guerra!

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