Mientras en el Perú toma cuerpo la discusión sobre los monopolios mediáticos, una politóloga de la Universidad Complutense de Madrid, Ángeles Diez, opina que “la industria militar y las empresas mediáticas y de relaciones públicas son las que más dinero mueven en el mundo”. Y agrega: “La propaganda es un sistema complejo del que no solo participan los medios de comunicación; circula en todos los espacios de sociabilidad (escuelas, plazas y bares)”.
Y supongo yo que también en las redes sociales. “En cuanto a la propaganda de guerra, cada vez se utilizan mecanismos más sofisticados y eficaces, pues la burda manipulación resulta mucho más fácil de descubrir por el público”.
Cree que vender la guerra a la opinión pública es parte de la estrategia de los países centrales y recuerda la aparición de ese inmenso absurdo llamado ‘guerra humanitaria’ que tantos incautos han comprado o por lo menos digieren sin preguntarse si les caerá o no pesada a la sufriente humanidad.
Nació con el conflicto de Yugoslavia (1999) y se repitió después en las guerras de Afganistán, Iraq, Libia y Siria. Afirma que decir “guerra humanitaria” es la mejor manera de “apelar a las emociones y a la buena conciencia de la gente; pero también de presentar el conflicto en términos maniqueos, como una guerra entre el bien y el mal; además, el enemigo encarna una maldad absoluta que ha de ser personalizada, sea en la figura de Saddam Hussein, Gaddafi o Bachar Al-Assad”.
Ya Cortázar, según Diez, alertó en 1981 sobre la manipulación de las palabras. Están destinadas a jugar sobre el imaginario de la gente y si bien no logran convencer a todos, hay una inmensa mayoría seducida por la paz estúpida que proporciona no pensar por propia cuenta.

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