Mostrando entradas con la etiqueta Bethoven Medina. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Bethoven Medina. Mostrar todas las entradas

martes, 27 de marzo de 2012

BETHOVEN MEDINA Y LA ODISEA DE LA IMAGINACIÓN POÉTICA RENACENTISTA

Por Armando Arteaga *
artenupe@yahoo.es

A los griegos les debemos muchas verdades, muchas cosas fundamentales que conocemos del universo y del hombre. De la poesía, los griegos, superaron el Beowulf inglés (ese poema épico y viejo) donde la pugna se confronta entre las fuerzas de lo sobrehumano y el hombre (“ser racional”).
El “universo confrontacional” del Beowulf es más limitado y más silvestre que el que nos presenta Homero en sus dos grandes obras: La Iliada y La Odisea. Homero es el poeta más virtuoso de toda la poesía universal, la inspiración y la razón caminaron de la mano en La Iliada y en La Odisea, logrando grandes resultados poéticos con recursos de sencillez literaria. Homero narra lo que “ve” (es un decir) y lo que “oye” (es otro decir), comunica con naturalidad los sucesos más inverosímiles; lo que dicen y las acciones que realizan los personajes de Homero: resultan cosas tan naturales por momentos, dándole al lector una información directa y análoga. El suceso heroico y la palabra elocuente son de una unidad literaria permanente.
Homero es un poeta de la guerra en La Ilíada, Homero no juzga la guerra, exalta los triunfos y los infortunios, cantándole a la energía y a la fuerza humana. Homero –en cambio- describe en La Odisea las aventuras que le suceden a Ulises, entre otras cosas, durante su impresionante regreso a la patria. La Odisea es un viaje de cierta desventura para Ulises con un final casi feliz. La Ilíada apuesta por lo trágico, en cambio La Odisea desarrolla lo novelesco.
Ulises es un personaje de todas las culturas y sociedades épicas, quien tiene que vencer todas las adversidades, su esposa Penélope, su hijo Telémaco, aguardan la desesperanza del regreso del héroe. El triunfo de Homero es la apertura hacia un nuevo tipo de modernidad, donde los hombres y los dioses entremezclados plantean preocupaciones sociales y responden a estímulos análogos.
Los dioses, los verdaderos dioses, descendidos a la vivencia “solemne” por el poeta, se acercan casi siempre a la conducta de los hombres (escapando a la coacción de la especie) participan de sus pasiones y de sus desaciertos, en las limitaciones de la vida terrena. A Ulises le tocó mucho navegar en la imaginación de los lectores de La Odisea: de los siete mares, de las siete islas, de los siete países, cabalísticamente divagando en los profanos destinos impuestos por el poeta.

La imaginación “renacentista” de la cultura colonial española, descubrimos ahora, no fue un burdo trasplante de Europa, ni obra de fusión ingenua: entre las cosas “europeas” y las cosas “indígenas”. La fusión cultural es ubicua. Lo importante y lo ostensible que impulsó el modelo europeo, en lo cotidiano y en lo domestico, conservó muchas tradiciones autóctonas. No todo es fusión, desde luego, “mundos” históricos del “legado indio” dejaron estupefactos a los pensadores del racionalismo europeo de entonces, aunque medieval y cristiano, tenía sus atisbos de humanismo, no todo era barbarie de vándalos empobrecidos, aventureros y ambiciosos por fortuna y fama, algo de esa “ilustración soldadesca”: nos sirve ahora para entender procesos de integración.
Sino, como explicarnos la “imaginación” cultural y literaria de la “Miscelánea Antártica” (escrita entre 1576 y 1586, permaneció inédita hasta el siglo XIX), de Miguel Cabello de Balboa, un jesuita inteligente; y “La Crónica Moralizadora” (1638), del historiador agustino Antonio de la Calancha. Ambas obras nos sirven ahora para visualizar este alucinante encuentro entre “lo nativo” y “lo foráneo”.
Los españoles realizaron alucinantes recorridos marítimos, pero también los pueblos yungas de la costa desértica peruana (que paradójicamente recepcionaron las primeras llegadas de estos raros “viracochas”) estaban acostumbrados a la persistente navegación y al intercambio con otros pueblos caribeños.
Los Chimús poseían desde tiempos antiquísimos embarcaciones marítimas alucinantes que causaron el asombro entre los españoles. Toda la fantasía histórica que estos habían recibido del imaginario naval de las grandes migraciones fenicias no pudieron delimitar su cordura.
No en vano, Hermann Leicht, en “Arte y cultura preincaicos / un milenio de imperio chimú” ( Madrid, 1963) en su especializado estudio, descifra la palabra “skeptron” que significa “cetro” del griego, para explicar el concepto de la actitud de la persona que hace girar el barco, compuesta de las silabas “skep” = barco, y “tar”= girar. El hombre que empuña el timón es el más importante de la tripulación, el que conserva “el cetro” de este “arte de navegar”. Ulises es pues ese mito, el que posee el cetro, ese mito europeo del hombre que viaja, vence todas las dificultades posibles y al final regresa a la patria. Es el constructor de una nueva época.
Ese mito, esa visión, está en Balboa y en Calancha. Naylamp viene del mar para fundar nuevas tierras, se une al mito de Viracocha, de señores venidos muy lejanos de las aguas del mar. Este mestizaje cultural en la fantasía nueva americana fue dando una nueva manera de convivencia humana, de vida interior en los seres nuevos.
El mito de Taykanamo, muy similar a la Leyenda de Naylamp, se lo atribuye el historiador piurano Reynaldo Moya a Carlos Marcelo Corne, fundador del seminario de Trujillo: la llegada a las costas de Pacasmayo de este personaje llamado Taykanamo, que se asentó en el valle de Chimor, y lo conquistó. Construyó, bajo su influencia política, posiblemente Pacatnamú, Chan-Chan, entre otras ciudadelas de barro y adobes. En realidad, Taykanamo es Chimor Capac, fundador de la dinastía que gobernó la región Chimor o Chimú.
Para entrar en el viaje de “Ulises y Taykanamo en altamar (1)”, el poeta Bethoven Medina desarrolla dos poemas para definir el perfil histórico de nuestros dos personajes en acción: “Antecedente Taykanamo” y “Cantata a Ulises y a Taykanamo”. De allí va a empezar su potestad poética, su discurso: frente al mar, a la mar, su entusiasmo por el navío, y el descubrimiento y la memoria por ciertos personajes de la mitología griega e indígena, y el mundo lúgubre de los navegantes: Penélope, Corona Boreal, Princesa Chimú, y Ave Fénix. El poeta tiene licencia para interpretar la historia desde su propia manera de mirar el pasado, el presente y porqué no: el futuro.
Lo fascinante del libro “Ulises y Taykanamo en altamar” del poeta Bethoven Medina es el enredo histórico, rebuscando por momentos a Homero, tiene la fascinación por detenerse en la mirada del pensamiento “renacentista” que también inspiraron a Balboa y a Calancha, pero también, para contrastar “la realidad poética” con “la realidad misma actual” de las “ruinas históricas”.
Cuenta Balboa, que en el primer viaje de exploración que realizo Ruiz, el audaz y experto piloto de Pizarro, en 1526, al divisar sorprendido una curiosa nave india en el Mar Pacifico. Esa “balsa” rustica tenía un timón, y un hombre la conducía, que le daba estabilidad a la embarcación. Este “suceso de encuentro” sorprende tanto a Ruiz, como los actuales “caballitos de totora” de Huanchaco a nuestro poeta Bethoven Medina manipulados por los pescadores actuales. Sorprende el triunfo de la “técnica creativa” al perdurar su propio uso, sorprende la destreza, la habilidad para manejar con “técnica” tal artefacto nativo.
Importa aquí, citar a Oswald Spengler, quien en su libro “El hombre y la técnica” descubre la tragedia del hombre que comienza a entender que la naturaleza es más fuerte que él: “La lucha contra la naturaleza es una lucha sin esperanza; y, sin embargo, el hombre la lleva hasta el final”. Homero nos dice casi lo mismo con el final de La Odisea. El hombre cree que siempre al final triunfará sobre la naturaleza, pero esa es ya una vieja utopía renacentista.
Un naturalista como fue Paul Rivet, en su libro “los orígenes del hombre americano”, nos ayuda a comprender mejor esta inquietud poética desarrollada por Bethoven Medina. Los antiguos peruanos, navegaron duro, por eso Rivet nos recuerda la construcción de una “balsa” para la intensificación de tráfico marítimo, una nueva polución humana por el mundo. La “balsa” de la costa peruana, según Girolamo Benzoni en “La historia del Mundo Nuovo” (Venezia, 1572) es un dibujo fiel de este sueño imaginativo y renacentista: la nueva dinámica. Se habla de una tradición de los mangarevienses, citada por F.W. Chrístian (“Early Maori migrations as evidenced by physical geografhy and language”. 1923): “Los mangarevieses conservan la tradición de un jefe llamado Tupa, un hombre rojo, que vino del Este con una flota de embarcaciones de tipo no-polinésico, en forma de balsas”. Esta descripción evoca la tradición de la expedición de Túpac-Yupanqui, personaje histórico que Bethoven Medina indica como líder de una época nefasta:

“Años después,
Del sur
Vinieron los huestes de Túpac Yupanqui
y a los Chimúes nos doblegaron.
Ahora, superados los siglos,
Yo, Taykanamo simbolizado por el hombre
común,
sobrevivo en la estirpe de pescadores
y, majestuoso,
navego el mar
en mi brioso caballito de totora.


Ya lo dijo O. Spengler: “El hombre se ha hecho hombre por la mano. La mano es un arma sin igual en el mundo de la vida movediza”
Navegar por los mares fue la técnica más sublime y sofisticada del pensamiento renacentista, como hoy es volar. Volar como los pájaros –todavía-. No podemos volar como los pájaros. Pero, el poeta sí puede volar con su imaginación.
Y esto es lo que ha realizado Bethoven Medina con este libro, imaginar muchas cosas de la historia; haciendo viajar en líneas paralelas a Ulises y a Taykanamo. Para seguir “volando” tenemos que usar todos los recursos de “lo tecnológico”, pero nos recuerda Bethoven Medina, que sin poesía no hay vida, ni triunfos. Por eso, el poeta observa con nostalgia la destrucción del mar por agentes culturales externos, y llama con nombre propio a las diversas especies marinas del mar y el litoral peruano, con aproximación casi científica a el plancton, el bemtos y el necton, espacios naturales donde pululan habitantes también vivientes, pero también desde la expresión familiar y popular como los pescadores llaman a algunas especies locales: cachemas, bagres, spondylus.
Bethoven Medina en este hermoso libro de poesía acerca de Ulises y Taykanamo, ha tomado en mano todas las herramientas que le brinda la historia y la memoria del hombre para hacernos volver la mirada hacia el mar y hacia el pasado. Todavía vivimos una “sociología del renacimiento” para recordar a Alfred von Martín: “sin peligro no se hace nada grande”, adagio que nos revela el interés social por cierta mitología marítima que afiebró la imaginación renacentista. Aunque todavía estamos entrampados en algunos paradigmas truculentos de la historia medieval, la poesía no. La poesía puede ser la “balsa” de cierto aprendizaje de búsqueda de un nuevo renacimiento, que por ahora no sabemos hacia dónde podría ir. El plano geométrico-cartográfico del mar: se acabó, no hubo infierno. Bethoven Medina dixi:
El silencio en altamar
La patria en pie
El puerto
El faro
La Esperanza
Meciéndose en antigua Grecia
Y en cualquier país del mundo.


Todos somos indios, griegos, Ulises, Taykanamo, en cualquier parte del mundo, amenazados por la destrucción del mar. Volvamos la mirada al mar, puede ser algo decisivo para salvarnos. Volvamos al mar, aunque esto sea una locura, y ese regreso no es “locura” en la historia del hombre, busquemos un humanismo renacentista, una forma de vida natural que evite la bancarrota de la humanidad. Renacer de las cenizas, no es hoy un mito, a pesar de todo lo recorrido. Navegamos, en las tangibles provincias de cierta modernidad, respetemos lo sabio de la tradición, ese es el reproche que nos hace el poeta Bethoven Medina: indaguemos por una nueva sociología histórica de un renacimiento cultural distinto.

• Poeta nacional, docente UNI.
1.- Ulises y Taykanamo en altamar. Fondo editorial Universidad Privada Antonio Guillermo Urrelo,Cajamarca. Enero 2012.

sábado, 7 de enero de 2012

VOLUMEN DE VIDA: LA POÉTICA DE MEDINA

Por: Hugo González Aguilar *
hugo_augencio@hotmail.com

El presente libro fue galardonado con el Premio Internacional de Poesía Mairena (Puerto Rico, 1985), pero más allá del premio, está la trascendencia de su contenido y de la estructuración de su lenguaje que se dan de manera única.
Al respecto, varios críticos connotados han apreciado significativamente la obra poética de Bethoven Medina. Entre ellos tenemos a Juan Paredes Carbonell (1992), quien considera que el poeta Bethoven Medina ha llegado a la madurez del lenguaje creativo, la estructura alógica y la visión profética de sus imágenes. De esta manera demuestra una forma de composición y de empleo del lenguaje muy distinto a la poética precedente, en la que resalta su gran connotatividad, pero sobre todo su estructuración opuesta al orden habitual: ascendente. En este mismo aspecto, Saniel Lozano (1993), resalta el empleo de los números en la que se trata de 14 poemas distribuidos en forma ordinal descendente (3, 2, 1…). Lo que más destaca es su emoción del pensar. El crítico de trayectoria, Luzmán Salas (1992), también se refiere a la poética de Medina como el libro de poemas donde se advierte la contemplación de la vida con ilogicidad de imágenes existenciales, de humanismo encerrado en un aparente disloque semántico-estructural.
Como podemos demostrar, y comprobar, los tres autores citados resaltan el uso creativo e ilógico del lenguaje; la novedad en su contenido y en su estructura distanciándose a la poesía precedente; por lo tanto, no se trata de un simple experimento del lenguaje sino de una manera de recrear la vida y el lenguaje como elementos que se modifican constantemente y que solo la poesía es capaz de describirla globalmente.
Lo que se pretende en la presente introducción, es resaltar la posición esotérica del poeta, ya que la crítica no ha advertido dicho tópico, con la excepción del crítico Juan Yépez (1993), quien identifica la concepción esotérica de la circularidad de la vida: “Observamos una reafirmación de amor a la vida y una revaloración de la misma (…) el autor desarrolla un poemario circular, en donde el inicio puede ser el final y el término del viaje el comienzo del otro…”. La misma concepción la advierte el escritor William Guillén Padilla (1995), al sostener que “una lectura totalizadora, no global, nos lleva a una concepción más amplia de la vida como un todo que nace, muere y vuelve a nacer siempre en movimiento, muchas veces tridimensional y perfectamente triangular, tres palabras para el título y tres partes conformantes del cuerpo del texto”.
Al respecto, según nuestros hallazgos, resaltamos el símbolo de Acuarios que es de dos aristas, las mismas que indican EQUILIBRIO entre las dos polaridades: ciencia y religión, razón y fe, investigación lógica e investigación intuitiva, etc. En consecuencia, el campo de la literatura abandonará el simple análisis o la simple motivación y tomará un aspecto equilibrado; es decir, las obras literarias serán un compendio de BELLEZA Y VERDAD (Víctor Sánchez Rodríguez, 1977). Dicho símbolo lo encontramos reflejado en la poética de Medina en la que el arte conlleva un tipo de conocimiento y no sólo sensibilidad. Esta es la razón fundamental por la que el vate fusiona los aspectos social y esencial; o el sentimiento más el conocimiento.

En la poesía de Medina hay una tesis o propuesta que pretende remediar la etapa crítica de la desarmonía, del caos social y ambiental en que estamos viviendo. Desea volver a restaurar el equilibrio y la armonía que nunca deben perderse entre el hombre y el cosmos o la naturaleza.
El poeta nos propone restaurar el equilibrio y la armonía:

Estoy en la tierra con el mismo derecho que un árbol tiene para crecer
luego del sueño coger mi armazón y decir que existo en parte futura


En el vacío tus manos sujetaron a la mañana

Me canso de vivir sin clausurar
El hambre encendido hierro

(De “Amor mar enloquecido”).


Sumado a la aspiración de la armonía, de la simbiosis entre el hombre y el cosmos, está la esperanza de volver a nacer o tener una nueva vida, tal vez mejor; lógicamente después que se haya terminado el periodo de las multitudes para empezar, luego, el periodo de oro. O, tal vez, es mejor tener la esperanza de volver convertido en otro ser, donde la alegría esté latente o permanente:

Algún día me encontrarán nacido helecho despierto girasol
volviendo para adentro del mío propio
por vivir renglón no escrito en andamios de años o árboles sumisos
estandarte que en la frente mantengo como espinas


***
Suspirarán melancólicos parientes geranios
y luego de dejar nuestros cuerpos visitaremos fuentes [olvidadas
escuchando palabras del viento
que nos llaman a vivir

(De “Palabras del viento”).


Si el cuerpo está padeciendo en este mundo del KALI YUGA, pues entonces servirá como una barca y será dejado en esta tierra y, el ser inteligible o el alma, seguirá su rumbo, porque en cada nacimiento el ser humano se perfecciona, más aún si llega el periodo de ORO; después de la tormenta, viene la calma.
En el poema Sucede que recorro la ciudad sin moverme nos sugiere que no obstante que tenemos un cuerpo físico, también tenemos un cuerpo mental, por eso en este poema anuncia que se puede viajar mental o astralmente a cualquier lugar que nos sea imaginado, leamos:

Mi carne se desenvuelve en manos del alfarero
Oh gran creador
llueve y llueve
peces me animan a destrozar la desesperación de prisioneros
admito que este cuerpo es mi barca

(De “Sucede que recorro la ciudad sin moverme”).


En el poema intitulado Ante plumas de pavo real, el poeta nos da a entender que el cuerpo físico nos sirve de instrumento biológico en este mundo físico, real y concreto, pero que al morir, al pasar al mundo etéreo, seguimos existiendo. Esta hipótesis la entienden mejor aquellos que creen en la reencarnación.

Cuerpo que me contienes
te dejo aquí en tu ataúd oliendo a incienso

Compadécete de los vivos que lloran mientras subo escaleras
cuando tú caparazón pierdes luz pasos y caminos
te tengo compasión cuerpo
ante plumas de pavo real que es el destino incierto.

(De “Ante plumas de pavo real”).


La interrelación entre el hombre y su medio se fusiona con la reencarnación o las otras vidas que le espera a la humanidad después de esta tormenta del KALI YUGA o periodo OSCURO.
La creencia de que existe otro mundo se evidencia más claro en el texto Al temblor de la esperanza, en el cual, además, muestra un sentimiento panteísta:

Si la vida me apaga como a candil
he de seguir viviendo lejos de ti estructura

En el interior de un anciano
cuervos organizan su cena con pulpa de una estrella marina
y delicada es la sombra del viento cuando callan árboles
saltando a mi alrededor
porque fueron únicos hermanos en la tierra que dejaré.

(De “Al temblor de esperanza”).


Concluimos —aunque somos conscientes de que en poesía no existe una sola interpretación— resaltando que la poesía de Medina traspasa la sensibilidad humana e incluye el conocimiento esotérico como un elemento constante en su poética, siguiendo el sendero de Serge Raynaud de la Ferriere, quien nos orienta que el esoterismo es el estudio profundo del saber y de las cosas. Por ello, tal como señaló Tamayo Vargas (1993): Medina es un poeta muy singular y digno de ser seguido.

VOLUMEN DE VIDA. Bethoven Medina. 2da edición. Colección Letras Mayores.
Ediciones Orem, Trujillo, noviembre 2011.

* Docente y Director de Investigación y Proyección Social de la Universidad Autónoma del Perú, Lima. Magíster en Docencia Universitaria e Investigación Educativa. Estudios concluidos de doctorado en Psicología Educacional y Tutorial. Publicaciones: Fondo de la palabra en la poesía de Bethoven Medina (2005); Leer para aprender (2007 y 2009). Miembro del CD de la FUNDÉU BBVA, España. Premio Nacional de Ensayo Arguedas (2011).

miércoles, 31 de agosto de 2011

UN ARRIERO POÉTICO: “EL VOLUMEN DE VIDA DE BETHOVEN MEDINA”

Por Oscar Ramírez



En cierta oportunidad, junto con Gonzalo Del Rosario y Ricardo Calderón Inca, visitamos a un poeta de muchos años y prestigio en la ciudad de Trujillo: Juan Paredes Carbonell. Mientras conversábamos, nos preguntó cómo llegaron a juntarse, y solo atinamos a responder que mediante una revista, formada en un grupo literario al cual pertenecíamos mientras estudiábamos en la universidad; que a pesar de las edades, y las promociones un poco dispares, compartíamos ese alterado placer por la literatura, por la escritura en sí. Eso sucede, nos dijo, los artistas suelen juntarse sin importar las diferencias, ya sea de edad o ideología, siempre hallan momentos para compartir. Puede que a sus años una persona pueda desvariar, pero casi siempre dice la verdad.

Posteriormente, y como suele ocurrir el primer contacto literario con un autor: la lectura, conocí a Bethoven Medina (Trujillo, 1960) por comentarios de amigos lectores, y por un curso universitario (dictado de manera ridícula, con absurda pedagogía y nada de pasión), donde investigábamos y leíamos la literatura que se desarrollaba en la región. Los comentarios vinieron luego. En el sílabo se mencionaban una buena cantidad de libros de poesía y narrativa liberteña. Fui de frente a la poesía. Desfilaron interesantes autores como Santiago Merino, Luis Eduardo García, Lizardo Cruzado, David Novoa (aún no entiendo por qué no figuraba José Watanabe; según las ‘fuentes’ catedráticas, y que por momentos juzgo apropiada, fue “porque Watanabe está ya en un nivel muy superior como para enmarcarlo solamente en el ámbito regional”; dejo a ustedes ese juicio), entre otros. Recuerdo que Bethoven Medina fue también uno de ellos.



Asomas a la ventana,

Vida,

y tiemblo como palabra no creada.

(de Volumen de vida)




Esto de la literatura te abre puertas y permite que conozcas gente interesante y, en algunos casos, paradigmática. Empecé a leer más vivamente poesía de la región. Aunque muy interesado por la europea (sobre todo francesa y rusa), japonesa y alguno que otro autor suelto por ahí, la poesía me mostraba otros senderos, otros caminos que iniciaba recorrer. No suelo leer un poemario, a menos que sea orgánico, de manera lineal. Recuerdo que conseguí una edición del libro Volumen de vida. Por el momento era el que más fácil podía llegar a mis manos, porque fotocopiar un libro de poesía no es mi estilo. Abro una de las páginas y caigo en este verso:



He caminado lo suficiente como para ser un puerto

Lo que hubiera iniciado como un simple trabajo de estudio para aprobar un mediocre curso, se convirtió en un gusto sustancial y armonioso ante un entorno desconocido hasta el momento. Se abrió ante mí un poemario con una visión del mundo poco común, distinta, versátil y social en su raíz más etimológica, pero sin caer en la argucia de avivar masas insensatas, sino invitando a la reflexión, al salobre requerimiento del intelecto.

Descubrí un poeta no convencional. Y que se entienda esto no en la temática, sino en la forma, en estilos y figuras. Si bien el juego verbal que se requiere en la poética es el de la indirección, este no tiene por qué ser tan hermético; se puede crear estados y momentos atípicos sin necesidad de que las imágenes broten a raudales incomprensibles. Beethoven Medina mide las palabras, las trabaja, las juzga necesarias e incorrectas, las contrae, las vierte en lápidas o flores, en estática o rebeldía. La poesía debe decir mucho en pocas palabras, y descubrí que muchas veces se necesita del corazón para ser entendida:



Cansado de seguirte Vida me emociono entre alamedas de eucaliptos

Encerrado de mi mismo aleteo

Sobre un caballo plomizo acomodándome el pelo

siento que alguien jala mis dientes y se nubla la tarde




Muchos de los que argumentan ser poetas en esta parte del país, someten la creación a modelos tradicionales y ortodoxos, a creer que solo de tradiciones se puede hablar, buscando irónicamente la restitución histórica de la simplicidad. Nada más falso. La poesía es buscar nuevos medios para hablar de lo antiguo, o volver al origen para crear la novedad; originalidad que le dicen. Otros creen que la primera imagen, tal y como nace, sin orden o coherencia, es poesía. ¿Cómo haría un escultor sino figura la piedra, sino le da forma, sino la pule para darle vida? El poeta es artesano: busca una forma ideal para lo que escribe, aplica análisis, intelecto, razón. La poesía nace del inconsciente, de los intrincados pasadizos de la mente ambigua y voraz, pero es labor creadora brindarle un espacio, una lógica, un sentido. Es labor del poeta reestructurar sus imágenes, hilvanar los caminos, fructificar la esencia del poema hasta sentirlo libre y exacto. Es un proceso difícil, pero vital.

He observado en los textos de Bethoven ojo curioso, analítico, agresor. Un hombre que viaja y conoce el camino, cuando el movimiento no es necesario:



Sucede que recorro la ciudad sin moverme

porque la mirada transita por siempre aquello que solo una vez estuvo cuando la observamos con interés, con precisión.

Bethoven transita las calles siendo partícipe, no centro. La humildad como parte de un todo que nos permite ser algo, pero al que siempre podemos volver el rostro de manera irascible, se descubre en su poesía sin apuros. Esto lo menciono porque muchos creen que el lenguaje debe ser un interminable monólogo del ego. Argumentan que la poesía es un medio de liberación, y por lo cual un pretexto para ser ellos y no el arte, espacio para la burla, la vulgaridad, para buscar una intimidad que solo promociona el desencanto y la figuración, convirtiendo en espectáculo marketero lo que debe ser reflexión. Eso se denota en cualquier lado, en cualquier espacio frívolo e intolerante. Solo algo más: cuando hablemos de lenguaje, olvidemos los elementos de vanguardia que giran alrededor de imágenes sin sentido, vayamos al eje mismo de la poesía: la palabra.



Hemos nacido para ser más que cuerpo y normas que nos circundan

(de Volumen de vida)


El mérito del poeta no está en recrear, sino en crear; ya sea algo conocido o mera invención, pero al mismo tiempo confesarse y reaccionar, buscar el medio vital de la criticidad, ser un prototipo de inconformidad. El artista observa, analiza, planea y fecunda. Un artista sin motivación es un hombre hueco (dixi T. S. Eliot). El arte sin vida es solo una maqueta superficial; y sin intención, innecesario. Beethoven Medina ha sabido conjugar ambas cosas con precisión.



Compadécete de los vivos que lloran mientras subo las escaleras

(de Volumen de vida)


La primera vez que conocí a Bethoven Medina, conocí también al ser humano sin estereotipos ni poses que bien podría tener alguien con su talento y trayectoria. Dueño de varios premios y reconocimientos internacionales por su obra poética (y alguna narrativa, aunque él no quiera hablar de ello), me mostró cómo realmente debería ser un artista: humilde y respetuoso. Lastimosamente, en todo medio, endiosan la parafernalia, se olvidan totalmente del arte en sí. Se articulan pretextos para crear espacios donde una obra se juzga no por su contenido sino por cuántas ridiculeces haya hecho el creador. Por suerte, aún existen artistas.

El 2009, se realizaba la última Feria Internacional del Libro de Trujillo. Los organizadores permitieron que presentara mi primer libro de poesía, junto con los libros de otros amigos más. La emoción se nubló con la realidad: ¿quién tomaría en cuenta a un muchacho que se anima a publicar un poemario, sin ser meramente conocido en el medio cultural? Sin mucho análisis, descubrimos que por ese motivo buscamos siempre una persona que sirva de apoyo con su trayectoria. Ingenuamente le escribí a Bethoven, y fue más por respeto que por cualquier ánimo incluyente. Sin trabas ni miramientos, accedió, presentamos el libro, compartimos opiniones e iniciamos una amistad fortalecida en el arte y los proyectos.



Tengo pena de morir

porque sólo poseo este cuerpo devorado por los años pirañas de los años

(de Volumen de vida)




Que se entienda que este no es un estudio paralingüístico, protoplasmático, neoestructuralista; no. Es un viaje por nombres y memoria, palabras tratando decir algo sobre el trabajo de jardinero de alguien. La poesía no debería ser analizada por métodos y fórmulas temáticas que enarbolan el irrisorio argumento de la sapiencia; la poesía es espíritu y sentimiento, análisis y raciocinio, imagen e indirección, y desde este conflicto verbal debe ser visto.

No podría desmembrar un poema como si fuera una rana (incluso, no concibo la idea de desmembrar una); lo único que podemos y poseemos es nuestra capacidad para conmovernos, y ese debe ser nuestro único medio deliberante.

Un buen poema es aquel que te hace estremecer, mencionaba el genial Dylan Thomas, que a pesar de su hermetismo poético, destilaba emoción y vitalidad. Y pocas veces uno logra hallar esos textos, aquellos poemas que desnudan al ser y nos conmueven hasta los tuétanos. Esto me ha sucedido con poemas enteros, o versos solamente. Recuerdo la primera lectura de Y la muerte no tendrá dominio, volviendo a mencionar a Dylan: contundente; me conmoví leyendo Junto al cristal de Klaus Rifbjerg; volví a la soledad en el poema XVIII del Trilce vallejiano; quedé en ruinas con La ciudad de la muerte de Justo Jorge Padrón; me envolví en este verso de César Moro: El humo vuelve y se acumula para crear representaciones tangibles de tu presencia sin retorno. Y luego de todo, la humanidad vuelve a su curso. Digo esto, porque si me debiera quedar con un grupo de versos de Bethoven, serían estos, extraídos del poemario Cerrito del amanecer:



Niño:

en la sierra,

cuando te quemen la yema de tus dedos

y estremecido dictes una lágrima

desde tu profundidad,

comprende que la vida

es breve estación en la tierra.




Y es que Beethoven Medina no es solo un libro: es el trabajo paciente de una vida repartida en textos que son carne y aire girando alrededor de nosotros.

La poesía flota, hay que respirarla.



Bethoven Medina (Trujillo, 1960). Ha obtenido importantes premios nacionales e internacionales, entre los que destacan: Segundo Premio “Juegos Florales Universitarios del Perú” (Tacna, 1979), Segundo Premio Juegos Florales “Javier Heraud” (Lima, 1980), Primera Mención Honrosa Especial V Concurso “El Poeta Joven del Perú” (1980), Premio Internacional de Poesía “Mairena” (Puerto Rico, 1985), Premio Juegos Florales Nacionales Ciudad de Guadalupe (1999), II Premio de la II Bienal de Poesía Infantil ICPNA (2007) y Premio Internacional de Poesía “Ciudad de Aguas Verdes” (2009). Ha publicado los poemarios Necesario silencio para que las hojas conversen (1980; 2da. ed. 1982; 3ra. ed. 2002), Quebradas las alas (1983), Volumen de vida (1992), Expediente para nuevo juicio (1998), Y Antes Niegue sus Luces el Sol (2003), Antología Esencial (2005), Cerrito del Amanecer (2007) y El Arriero y la Montaña Bajo el Alba (2008). Además ha realizado las antologías Labios Abiertos (1979) y Belleza de la Rebeldía (1982). Su poesía se difunde en México, Puerto Rico, España, Argentina, Alemania, Colombia y Venezuela. Su obra se incluye en antologías de Poesía Peruana e Hispanoamericana. Para octubre de 2011, Ediciones OREM prepara una reedición de su poemario Volumen de vida.