Por Jorge BruceColumnista del Diario La República
El ex ministro Allison sostiene haber olvidado que estaba forrado en plata cuando salía de los EEUU hacia Panamá. Presa de indignación, nuestro presidente califica el “acto fallido” del ex alcalde de Magdalena, de “tropelía imperdonable”. El ministro del Interior, Octavio Salazar, envía a sus lugartenientes a un papelón insuperable con el cuento de los pishtacos, asesinos en serie y comercializadores de la grasa humana que sustraían del cuerpo de sus víctimas, para fines cosméticos o aeronáuticos (el presidente calla). El congresista Gustavo Espinoza adultera su hoja de vida y se atribuye diplomas inexistentes, como ya es habitual entre nuestras autoridades. La universidad Alas Peruanas envía a dos magistrados a dar una conferencia sobre Vallejo a París. Del vate ignoraban hasta el nombre de pila, pero ese detalle académico es irrelevante. Ahora resulta que la UAP tiene una telaraña de vínculos con los poderes del Estado, el partido aprista y una densa red de instituciones que llega hasta la SUNASS. Su rector, sin inmutarse, declara que es parte normal de la actividad educativa.
¿Qué tienen en común, aparte de ser recientes, las afirmaciones que integran esta lista? Uno, que son frecuentes en nuestra escena pública y, dos, que carecen de verosimilitud. Sin embargo, en todos los casos, los protagonistas pretendieron que las creyéramos. Como Coleridge, nos pedían una suspensión voluntaria de incredulidad, para justificar el uso de elementos fantásticos o no realistas.
La diferencia, por supuesto, está en que el poeta se refería a que si el escritor podía “infundir interés humano y una semblanza de verdad” en un relato fantástico, el lector suspendería el juicio referido a lo improbable de la narrativa. En cambio los personajes de nuestra comedia peruana son, digamos, impermeables a los códigos de la narrativa tradicional. La verosimilitud les importa un olluco. ¿Son unos descarados sin escrúpulos o nos consideran unos cretinos sin capacidad de análisis? Hay algo de cierto en ambas hipótesis. La primera es condición sine qua non para poder afirmar ante cámaras, sin taquicardia ni sudores fríos, que Allison había sorprendido a todo el gabinete, avergonzado de haber compartido su silla con el temible gángster babyface. Todo ante el atronador silencio respecto de las tropelías de su propio partido o gobierno.
El asunto es que estas reiteradas faltas de respeto al criterio del público tienen asidero. El hecho de que disparates como los de los pishtacos, o sinsentidos como el desmarque furioso respecto de Allison o Rómulo, sean proferidos una y otra vez significa, acaso, que la experiencia previa muestra que el cinismo paga. Hay un sector suficientemente grande de la opinión que se traga el cuento, o sus imperativos de supervivencia son de tal magnitud que esas contorsiones con la verdad les tienen sin cuidado.
Tal vez por eso la educación seguirá siendo el fraude que es. De otra manera se desactivarían esos grilletes mentales que permiten mantener, al sector aludido, sometido mediante la mentira y el embrutecimiento. El clima ideal para que prolifere, sin culpa ni vergüenza, la corrupción.
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